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lunes, 6 de septiembre de 2010

La Jornada Mundial de la Juventud en Madrid renovará la Iglesia


Entrevista del ZENIT.org con el sacerdote que organiza desde Roma esas Jornadas Mundiales de 2011
En virtud de este cargo, el sacerdote francés Eric Jacquinet, está dando seguimiento desde el Vaticano a la preparación de esas Jornadas que tendrán lugar el próximo mes de agosto.

--El Papa ha escrito una encíclica sobre la caridad y una sobre la esperanza, ¿por qué ha optado ahora por afrontar con los jóvenes el tema de la fe?
--Padre Eric Jacquinet: El Papa presta mucha atención a la situación de los jóvenes en el contexto actual. Sabe que la juventud es un período caracterizado por grandes aspiraciones. En este sentido, ofrece un testimonio personal muy impactante, en este mensaje, recordando su propia juventud, su aspiración a una vida grande y bella, en momentos de la dictadura del nacional-socialismo. Ahora constata que muchos jóvenes están desilusionados y sin puntos de referencia para edificar sus vidas. Y el Santo Padre está convencido de que es el resultado de una cultura occidental marcada por tres males: el eclipse del sentido de Dios, el relativismo y el nihilismo. Como respuesta, el Papa ofrece a los jóvenes una visión positiva de la existencia, basada en la fe en Dios.

--¿Cómo articula el Papa esta propuesta?
--Padre Eric Jacquinet: Para hablar de la fe, el Papa utiliza dos imágenes presentes en el tema: la del árbol arraigado y la de la casa edificada sobre cimientos. Así como el árbol necesita raíces para vivir y resistir a la intemperie, del mismo modo el Papa invita a los jóvenes a encontrar en Cristo el manantial de su vida. Y así como la casa sólo es sólida si se basa en cimientos estables, del mismo modo nuestras vidas sólo se edifican de manera duradera sobre la Palabra de Dios, acogida con la Iglesia. La fe en la Palabra de Cristo es, por tanto, el antídoto a los venenos del eclipse de Dios, del relativismo y del nihilismo, con su cohorte de consecuencias negativas para la vida de los jóvenes. El Papa les exhorta a entrar en comunión profunda con Cristo, en quien encontrarán la vida.

--¿Cuál es, según usted, el punto clave de este mensaje del Papa a los jóvenes del mundo?
--Padre Eric Jacquinet: El tema de la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid está tomado de la carta de Pablo a los Colosenses, pues éstos estaban contaminados por filosofías religiosas que desviaban a los cristianos del Evangelio. El Papa constata que nos encontramos en la misma situación. Una corriente laicista quiere excluir a Dios de la vida pública y corrientes religiosas anuncian una felicidad sin Cristo. Como hacía san Pablo, el Papa recuerda que el camino de la felicidad pasa por la salvación de la Cruz de Cristo y que las demás propuestas no son más que ilusiones. Benedicto XXVI lleva, por tanto, a los jóvenes a encontrar a Cristo en la Cruz, con palabras muy fuertes: "la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el 'sí' de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna [...] Por eso, quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva". Luego mostrará cómo el apóstol Tomás, que nos representa muy bien, pasó de la duda a la fe en Cristo muerto y resucitado.

--¿Cómo pueden llevar a la práctica los jóvenes durante este año la enseñanza del Papa?
--Padre Eric Jacquinet: Durante todo este año, se invita a los jóvenes a reunirse en grupos pequeños, en sus parroquias, capellanías, movimientos, grupos de oración, para meditar esta carta. ¿Por qué no leer un párrafo al mes, pidiendo a cada joven que reflexione con anticipación sobre algunas preguntas para dejar espacio después a un momento de intercambio?

--En el año 2010, la Jornada Mundial de la Juventud ha celebrado sus 25 años: Benedicto XVI ve "una iniciativa profética que ha dado abundantes frutos". ¿Cuáles son estos frutos?
--Padre Eric Jacquinet: Los frutos son muy numerosos. Ante todo, para algunos jóvenes, son un lugar de experiencia espiritual, de descubrimiento de la presencia de Cristo vivo. Por otra parte, es una experiencia eclesial muy fuerte. Encontramos a jóvenes católicos, sólidamente arraigados en Cristo, procedentes del mundo entero. Los sacerdotes y obispos (que ofrecerán las catequesis) también se acercan a los jóvenes. Esto refuerza considerablemente el lazo de los jóvenes con Cristo y con la Iglesia. Y muestra al mundo entero una imagen renovada y hermosa de la Iglesia. De hecho, las Jornadas Mundiales de la Juventud existen porque hay jóvenes que se comprometen como voluntarios de toda la organización, ya sea en el país de origen, ya sea en el país de acogida. Estos jóvenes luego siguen comprometiéndose al servicio en la Iglesia. Las Jornadas Mundiales de la Juventud han generado, también, numerosas vocaciones consagradas y sacerdotales. Por último, se puede decir que para el país de acogida, la Jornada Mundial de la Juventud es una gran bendición. Dado que exigen el compromiso de todas las realidades eclesiales, la Jornada Mundial de la Juventud es la oportunidad para una renovación profunda de la Iglesia, de las parroquias, de los grupos de jóvenes, en el país de acogida.
--A veces se dice que las Jornadas Mundiales de la Juventud son un acontecimiento puntual, pero sin proyección ni continuidad posterior. Usted, ¿qué piensa?
--Padre Eric Jacquinet: En el Evangelio, los encuentros de los discípulos con el Resucitado son acontecimientos puntuales, de duración corta, pero que sin embargo han cambiado la vida de los discípulos y han dado fruto para la historia del mundo. Puede suceder lo mismo con algunos acontecimientos eclesiales, como es la Jornada Mundial de la Juventud. Además, cada Jornada Mundial de la Juventud no es un simple acontecimiento de cinco días. Es un proceso que se desarrolla en uno o dos años de preparación y que luego da frutos, si se saben recoger. En general, se puede decir que, durante estos 25 años, las Jornadas Mundiales de la Juventud han contribuido realmente a la formación de nuevas generaciones de católicos, que hoy están comprometidas en la Iglesia y en la sociedad. Y esto tiene un impacto mensurable en algunos lugares.

--¿Cómo se desarrollarán las Jornadas Mundiales de la Juventud?
--Padre Eric Jacquinet: La apertura tendrá lugar el martes, 16 de agosto, con una misa presidida por el arzobispo de Madrid, el cardenal Antonio María Rouco Varela. El papa llegará el jueves, 18 de agosto. En las mañanas del miércoles, jueves y viernes tendrán lugar las catequesis, en unos 300 lugares, por grupos lingüísticos. El viernes, tendrá lugar el Vía Crucis, que sin duda será muy emocionante, como en cada ocasión. El festival de la juventud propondrá actividades culturales (exposiciones, espectáculos, debates, encuentros) todas la noches. El sábado por la noche, será el momento de la gran vigilia de oración y el domingo por la mañana, 21 de agosto, la misa de clausura. ¡No nos vamos a aburrir!

--El Papa sabe que habrá muchos jóvenes en Madrid. ¿Cómo inscribirse?
--Padre Eric Jacquinet: Es muy sencillo. La página web oficial (http://www.madrid11.com) permite inscribirse en grupo desde el 1 de julio. La idea es alentar a todos los jóvenes a unirse a un grupo, allí donde están, para viajar juntos. Puede ser un grupo de la parroquia o de la diócesis. También hay movimientos, comunidades y asociaciones que proponen viajar con ellos. Estos grupos proponen una primera escala en una diócesis española, en los días precedentes a la Jornada Mundial de la Juventud, para participar en un primer encuentro, acogidos en las parroquias y las familias, hasta el 15 de agosto. Todos los grupos se dirigirán luego a Madrid.

sábado, 28 de agosto de 2010

Espiritualidad cristiana de la ecología

Declaración final del simposio latinoamericano y caribeño convocado por el CELAM

Nosotros, como discípulos misioneros de Jesucristo nuestro Señor, convocados por el Departamento de Justicia y Solidaridad del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), provenientes de 16 países de América Latina y El Caribe, Alemania e Indonesia, reunidos en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, los días 21 al 24 de agosto de 2010, en estudio y oración, hacemos llegar nuestra preocupación y reflexión a quienes tienen en sus manos el poder de decisión, organismos multinacionales, académicos, empresarios, comunicadores, líderes de diversas organizaciones sociales, a nuestras comunidades cristianas y a nuestros pueblos:
1. Nos interpela el proceso creciente de concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos, amenazando los territorios de los pueblos. Parte de esta amenaza se debe al avance del uso por industrias extractivas y de producción de agrocombustibles, entre otras, porque prevalece una lógica económica del mero interés o beneficio, en desmedro del vivir bien de los pueblos. Nos preocupa la ocurrencia frecuente de actos corruptos en el proceso de concesión de territorios y sin la consulta debida a los pueblos que los habitan.
2. La enorme biodiversidad de América Latina y El Caribe ofrece servicios ambientales para todo el planeta, hecho que trasciende la significación mercantilista actual y que brinda verdaderos beneficios. Esta biodiversidad está siendo aniquilada irreversiblemente: solamente en Amazonía, poco más del 17% de la selva ha desaparecido y la tasa de extinción de especies llega a ser mil veces superior a la histórica [1]. Asistimos a una creciente destrucción ambiental por deforestación, contaminación debido a residuos industriales y urbanos, minería a cielo abierto, monocultivo extensivo, el avance de la desertificación, extracción de hidrocarburos, entre otros, que afectan asimismo recursos vitales para los pueblos, como son el agua dulce y provisión natural de alimentos, especialmente entre los más pobres.
3.  Los estilos de vida predominantes en una parcela de la humanidad, de consumo desmedido, conllevan a un desequilibrio entre la creciente demanda de recursos naturales, renovables y no renovables, y la disponibilidad de la tierra -junto al riesgo de aniquilación de la biodiversidad- así como también, el agotamiento de energías de bajo costo que amenazan el desenvolvimiento de las sociedades en el mediano plazo. Diversas catástrofes ambientales sobre el planeta, tanto naturales como antropogénicas, en las últimas décadas dan prueba de ello. Asimismo estas catástrofes -tal como el calentamiento global y sus efectos de fenómenos meteorológicos severos en el contexto de cambio climático (sequías, inundaciones, tormentas, etc.) [2] y la contaminación de aguas y suelos, debido a la producción irresponsable, entre otras- y el despojo forzado de territorio provocan la ocurrencia de numerosos desplazados y refugiados ambientales que genera aún más pobreza.
4.  Unido a ello, la actividad económica predominante en las culturas tecnológicamente desarrolladas, bajo la lógica de la eficiencia, maximización de la ganancia en pocas manos y socialización de la pérdida, se caracteriza por el olvido de la dimensión sagrada y espiritual de la naturaleza -como parte de la creación amorosa de Dios fuente de Vida- y de la gratuidad de los bienes y servicios ofrecidos por ella (Cf. CIV 37). Se evidencia la falta de responsabilidad en el manejo de las fuentes de energía y recursos naturales que se van agotando bajo patrones de producción y consumo insustentables que no asumen los costos ambientales presentes que terminan siendo pagados por los pobres y ponen en peligro la supervivencia de generaciones presentes y futuras [3].
5. Frente a esta realidad, reafirmamos nuestra fe en un Dios Creador amoroso de todo lo existente, que es el único Señor de la tierra (Cf. Sal. 23, 1-2). Él ha encomendado esta creación a los seres humanos, semblantes de las cualidades de su Creador, para su guarda y su cultivo (Cf. Gn. 2,15). En esto se sustenta el principio del destino universal de los bienes. De ello se deriva la lógica del don y la gratuidad que ha de regir las relaciones y actividades humanas, entre ellas, la económica, bajo la forma de un uso responsable de los ambientes con el fin de promover y garantizar el bien común para todos los seres humanos así como la Belleza, la Bondad y la Verdad presentes por doquier en el don de la Creación (CIV 50, 51).
6.  Como seguidores creyentes de Jesucristo, que en su camino por la historia unió el Cielo y la Tierra restaurando la sacralidad de lo creado, aprendemos que la creación es camino hacia Dios a través de los consejos evangélicos de justicia, paz y reverencia. Aunque hoy por hoy es evidente que ella está afectada por el pecado que la introdujo en un proceso de sufrimiento comparable a los dolores de un parto, sin embargo la creación conserva la esperanza de participar de la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios. Esta esperanza nos anima y se fundamenta en la fuerza activa del Espíritu Santo presente en cada ser humano que espera la redención (Cf. Rom. 8, 18-25). Para ello es necesario tomar conciencia de la singularidad de la persona humana en relación armónica con la creación y su Creador, encauzando una nueva espiritualidad cósmica que recupere una sana convivencia con la naturaleza. Promover la conversión ecológica nos permitirá caer en la cuenta del valor intrínseco de la creación en la economía global de salvación obrada por Dios Padre creador en Jesucristo (Cf. DA).
7. Ante estos desafíos de la realidad en nuestro continente, necesitamos recuperar la actitud contemplativa. Es nuestra tarea ayudar a despertar en las personas y comunidades una conciencia sensible al cuidado responsable de la naturaleza, como lugar sagrado que provoca sensiblemente el descubrimiento de Dios para nosotros y las generaciones futuras. Junto a los hombres y mujeres de la tierra, el territorio, los ambientes naturales en ellos ubicados y la respectiva biodiversidad, son todos aspectos intrínsecamente unidos al don de la creación que Dios posibilita y sustenta para el desarrollo integral de la persona humana y de los pueblos de todos los tiempos.
8. Esto nos impele a la preservación de las cualidades que garantizan la prolongación vital y la riqueza de la biodiversidad en la tierra. Para ello todas nuestras tareas eclesiales, catequesis, predicación, celebraciones y demás actividades pastorales, técnicas, académicas y profesionales, deben orientarse a privilegiar la conversión ecológica como dimensión integral de la fe. Asimismo se deben favorecer experiencias de la fraternidad cósmica en contacto con Dios Creador, en la dinámica que animó a San Francisco de Asís, patrono de la ecología. La espiritualidad popular, la oración personal y comunitaria, las celebraciones litúrgicas inculturadas, y la profunda vivencia de los sacramentos en clave ecológica, son lugares privilegiados para experimentar la acción del Espíritu de Dios y la iniciativa gratuita de su Amor (Cf. DA 263).
9. En este sentido, constatamos la necesidad de conocer mejor y acoger la sabiduría milenaria de los pueblos indígenas de nuestro continente; sobre todo de su experiencia de fe que nos permite aprender de su relación de armonía y comunión con Dios, los seres humanos, la naturaleza y los demás seres de la creación. Esto supone cultivar la actitud contemplativa frente a los bienes de la creación como don de Dios.
10. Como Iglesia profética, consideramos que es urgente priorizar una economía de las necesidades humanas que sea justa, solidaria y recíproca (Cf. CIV 35), y de políticas de desarrollo humano integral que respeten el derecho de los pueblos y preserven las cualidades vitales de los ambientes naturales. Para ello es necesario denunciar el impacto negativo de los megaproyectos económicos y de infraestructura, así como promover y exigir el monitoreo empresarial, estatal y civil, esclareciendo las situaciones ilegales e inmorales. Nos urge encontrar mecanismos de incidencia en los poderes públicos nacionales e internacionales en defensa de los derechos humanos.
11. Tanto en nuestras comunidades locales, dentro del marco de la misión continental de la Iglesia en América Latina y El Caribe, y especialmente en la familia, iglesia doméstica, es tarea promover una cultura de la austeridad/sobriedad, sencillez y alegría como alternativa saludable, ecológica, tanto individual como colectiva, a través de la producción orgánica, eco-amigable, y el consumo responsable, el reciclado, el uso adecuadamente aprovechado de bienes, y la educación por el respeto de la naturaleza que posibilite condiciones presentes de justicia social y la vida de las generaciones futuras (Cf. CIV 51).
12. Finalmente reconocemos que el cultivo de la actitud contemplativa, como camino de conversión personal que descubre a Dios presente en cada creatura, no es tarea fácil pero es esencial para una auténtica sanidad personal y ecológica. Este proceso de cambio de mentalidad de la cultura dominante requiere que se favorezcan experiencias de Dios como único Bien, irresistible, supremo, frente a otras ofertas superfluas de la economía consumista. Por tanto, debemos crear o facilitar espacios eclesiales dentro de nuestras grandes urbes que nos permitan redescubrir el paso de Dios en la creación, a través del contacto directo con la naturaleza y el sufrimiento humano, lo cual será piedra de toque de nuestra pequeñez y vulnerabilidad.
A la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe, fiel discípula del Señor y guardiana de los dones de Dios, encomendamos el cuidado maternal de los bienes de la creación. Con ella y como ella nos hacemos testigos portadores del Amor de Dios que se manifiesta en la entera creación, para la vida de toda la humanidad, especialmente los más pequeños amados de Dios.

Buenos Aires, 24 de agosto de 2010
Fiesta de San Bartolomé, Apóstol

NOTAS
[1] Cf. The International Union for Conservation of Nature (IUCN), Global Biodiversity Outlook 3, Montreal (2010), 93p. (http://www.iucn.org).
[2] Cf. IPCC, 2007: Intergovernmental Panel on Climate, Climate Change 2007: The Physical Science Basis. Third assessment report: Contribution of Working Group I. Solomon, S., D. Qin, M. Manning, Z. Chen, M. Marquis, K.B. Averyt, M. Tignor and H.L. Miller (eds.): Cambridge University Press, Cambridge, United Kingdom and New York, NY, USA, 996 pp.
[3] Cf. Cf. World Watch Institute, Green Economy Program, (http://www.worldwatch.org/programs/global_economy)

jueves, 8 de julio de 2010

Observancia de las normas litúrgicas y “ars celebrandi”

por Mauro Gagliardi

Durante el Año Sacerdotal, concluido hace poco, la columna “El Espíritu de la Liturgia” ha desarrollado el tema de “El sacerdote en la Celebración eucarística”, elegido con motivo de la coincidencia, en 2009-2010, de diversos aniversarios: el 150° de la muerte del Santo Cura de Ars (1859), el 40° de la promulgación del Misal de Pablo VI (1969) y el 440° del Misal de san Pío V (1570), que en la edición aprobada por el beato Juan XXIII (1962) representa la forma extraordinaria del Rito Romano [1]. De ahí la oportunidad de poner en claro la peculiar dignidad del sacerdocio ordenado, profundizando en la teología y la espiritualidad de la Santa Misa, particularmente en la perspectiva del ministro que la celebra.

1. La situación en el post-Concilio
El Concilio Vaticano II ordenó una reforma general de la sagrada liturgia[2]. Esta fue efectuada, tras la clausura del Concilio, por una comisión comunmente llamada, por brevedad, el Consilium [3]. Es sabido que la reforma litúrgica fue desde el inicio objeto de críticas, a veces radicales, como de exaltaciones, en ciertos casos excesivas. No es nuestra intención detenernos en este problema. Podemos decir en cambio que se está generalmente de acuerdo en observar un fuerte aumento de los abusos en el campo celebrativo después del Concilio.
También el Magisterio reciente ha tomado nota de la situación y en muchos casos ha llamado a la estricta observancia de las normas y de las indicaciones litúrgicas. Por otra parte, las leyes litúrgicas establecidas para la forma ordinaria (o de Pablo VI) – la que, excepciones aparte, se celebra siempre y en todas partes en la Iglesia de hoy – son mucho más “abiertas” respecto al pasado. Estas permiten muchas excepciones y diversas aplicaciones, y prevén también múltiples formularios para los diversos ritos (la pluriformidad incluso aumenta en el paso de la editio typica latina a las versiones nacionales). A pesar de ello, un gran número de sacerdotes considera que tiene que ampliar ulteriormente el espacio dejado a la “creatividad”, que se expresa sobre todo con el frecuente cambio de palabras o de frases enteras respecto a las fijadas en los libros litúrgicos, con la inserción de “ritos” nuevos y a menudo extraños completamente a la tradición litúrgica y teológica de la Iglesia e incluso con el uso de vestimentas, vasos sagrados y adornos no siempre adecuados y, en algunos casos, cayendo incluso en el ridículo. El liturgista Cesare Giraudo ha resumido la situación con estas palabras:
“Si antes [de la reforma litúrgica] había fijación, esclerosis de formas, innaturalidad, que hacían la liturgia de entonces una “liturgia de hierro”, hoy hay naturalidad y espontaneísmo, sin duda sinceros, pero a menudo sobreentendidas, malentendidas, que hacen – o al menos corren en riesgo de hacer – de la liturgia una “liturgia de caucho”, resbaladiza, escurridiza, jabonosa, que a veces se expresa en una ostentosa liberación de toda normativa escrita. [...] Esta espontaneidad mal entendida, que se identifica de hecho con la improvisación, la facilonería, la superficialidad, el permisivismo, es el nuevo “criterio” que fascina a innumerables agentes pastorales, sacerdotes y laicos.
[...] Por no hablar también de aquellos sacerdotes que, a veces y en algunos lugares, se arrogan el derecho de utilizar plegarias eucarísticas salvajes, o de componer acá o allá su texto o partes de él” [4].
El papa Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, manifestó su disgusto por los abusos litúrgicos que tienen lugar a menudo, particularmente en la celebración de la Santa Misa, en cuanto que “la Eucaristía es un don demasiado grande, para soportar ambigüedades y disminuciones” [5]. Y añadió:
“Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al « formalismo » ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las « formas » adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.
Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios” [6].

2. Causas y efectos del fenómeno
El fenómeno de la “desobediencia litúrgica” se ha extendido de tal forma, por número y en ciertos casos también por gravedad, que se ha formado en muchos una mentalidad por la cual en la liturgia, salvando las palabras de la consagración eucarística, se podrían aportar todas las modificaciones consideradas “pastoralmente” oportunas por el sacerdote o por la comunidad. Esta situación indujo al mismo Juan Pablo II a pedir a la Congregación para el Culto Divino que preparase una Instrucción disciplinar sobre la Celebración de la Eucaristía, publicada con el título de Redemptionis Sacramentum el 25 de marzo de 2004. En la citación antes reproducida de la Ecclesia de Eucharistia, se indicaba en la reacción al formalismo una de las causas de la “desobediencia litúrgica” de nuestro tiempo. La Redemptionis Sacramentum señala otras causas, entre ellas un falso concepto de libertad [7] y la ignorancia. Esta última en particular se refiere no sólo al conocimiento de las normas, sino también a una comprensión deficiente del valor histórico y teológico de muchos textos eucológicos y ritos: “Los abusos encuentran, finalmente, muy a menudo fundamento en la ignorancia, ya que por lo general se rechaza aquello de lo que no se capta el sentido más profundo, ni se conoce su antigüedad” [8].
Introduciendo el tema de la fidelidad a las normas en una comprensión teológica e histórica, además de en el contexto de la eclesiología de comunión, la Instrucción afirma:
“El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande 'para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal'. [...] Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación, sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la 'secularización'.
Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a que de tal modo se realice para ella la celebración de la santísima Eucaristía, que aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo absolutamente todos los defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y facciones en la Iglesia” [9].
Particularmente significativo en este texto es la llamada al derecho de los fieles de tener la liturgia celebrada según las normas universales de la Iglesia, además de subrayar el hecho de que las transformaciones y modificaciones de la liturgia – aunque se hagan por motivos “pastorales” – no tienen en realidad un efecto positivo en este campo; al contrario confunden, turban, cansan y pueden incluso hacer alejarse a los fieles de la práctica religiosa.

3. El ars celebrandi
He aquí los motivos por los cuales el Magisterio en las últimas cuatro décadas ha recordado varias veces a los sacerdotes en la importancia del ars celebrandi, el cual – si bien no consiste sólo en la perfecta ejecución de los ritos de acuerdo con los libros, sino también y sobre todo en el espíritu de fe y adoración con los que éstos se celebran – no se puede sin embargo realizar si se aleja de las normas fijadas para la celebración [10]. Así lo expresa por ejemplo el Santo Padre Benedicto XVI:
“El primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9).” [11].
Recordando estos aspectos, no se debe caer en el error de olvidar los frutos positivos producidos por el movimiento de renovación litúrgica. El problema señalado, con todo, subsiste y es importante que la solución al mismo parta de los sacerdotes, los cuales deben empeñarse ante todo en conocer de manera profundizada los libros litúrgicos, y también a poner fielmente en práctica sus prescripciones. Sólo el conocimiento de las leyes litúrgicas y el deseo de atenerse estrictamente a ellas impedirá ulteriores abusos e “innovaciones” arbitrarias que, si en el momento pueden quizás emocionar a los presentes, en realidad acaban pronto por cansar y defraudar. Salvadas las mejores intenciones de quien las comete, después de cuarenta años de “desobediencia litúrgica” no construye de hecho mejores comunidades cristianas, sino que al contrario pone en peligro la solidez de su fe y de su pertenencia a la unidad de la Iglesia católica. No se puede utilizar el carácter más “abierto” de las nuevas normas litúrgicas como pretexto para desnaturalizar el culto público de la Iglesia:
“Las nuevas normas han simplificado en mucho las fórmulas, los gestos, los actos litúrgicos [...]. Pero tampoco en este campo se debe ir más allá de lo establecido: de hecho, haciendo así, se despojaría a la liturgia de los signos sagrados y de su belleza, que son necesarios, para que se realice verdaderamente en la comunidad cristiana el misterio de la salvación y se comprenda también bajo el velo de las realidades visibles, a través de una catequesis apropiada. La reforma litúrgica de hecho no es sinónimo de desacralización, ni quiere ser motivo para ese fenómeno que llaman la secularización del mundo. Es necesario por ello conservar en los ritos dignidad, seriedad, sacralidad” [12].
Entre las gracias que esperamos poder obtener de la celebración del Año Sacerdotal está por tanto también la de una verdadera renovación litúrgica en el seno de la Iglesia, para que la sagrada liturgia sea comprendida y vivida por lo que esta es en realidad: el culto público e íntegro del Cuerpo Místico de Cristo, Cabeza y miembros, culto de adoración que glorifica a Dios y santifica a los hombres [13].

Notas

[1] Cf. M. Gagliardi, “El sacerdote en la Celebración eucarística”,
[2] Cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 21.
[3] Abreviación de Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia.
[4] C. Giraudo, “La costituzione 'Sacrosanctum Concilium': il primo grande dono del Vaticano II”, en La Civiltà Cattolica (2003/IV), pp. 532; 531.
[5] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 10.
[6] Ibid., n. 52. Cf. también Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 28.
[7] “No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo”: Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis Sacramentum, n. 7.
[8] Ibid., n. 9.
[9] Ibid., nn. 11-12.
[10] Sagrada Congregación de los Ritos, Eucharisticum Mysterium, n. 20: “Para favorecer el correcto desarrollo de la celebración sagrada y la participación activa de los fieles, los ministros no deben limitarse a llevar a cabo su servicio con exactitud, según las leyes litúrgicas, sino que deben comportarse de forma que inculquen, por medio de éste, el sentido de las cosas sagradas”.
[11] Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 38. Véase el n. 40 desarrolla adecuadamente el concepto.
[12] Sagrada Congregación para el Culto Divino, Liturgicae instaurationes, n. 1. El texto continua: “La eficacia de las acciones litúrgicas no está en la búsqueda continua de novedades rituales, o de simplificaciones ulteriores, sino en la profundización de la palabra de Dios y del misterio celebrado, cuya presencia está asegurada por la observancia de los ritos de la Iglesia y no de los impuestos por el gusto personal de cada sacerdote. Téngase presente, además, que la imposición de reconstrucciones personales de los ritos sagrados por parte del sacerdote ofende la dignidad de los fieles y abre el camino al individualismo y al personalismo en la celebración de acciones que directamente pertenecen a toda la Iglesia”.
[13] Cf. Pío XII, Mediator Dei, I, 1; Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7.